La escena se repite en cualquier probador: la camisa sienta de maravilla, el color es perfecto, el precio parece razonable. Y sin embargo, tres lavados después, ya tiene bolitas, ha perdido la forma o huele raro a media tarde. La causa casi nunca es la talla ni el diseño, sino esa pequeña etiqueta interior que casi nadie lee antes de pasar por caja. Ahí está escrito, por obligación legal, de qué está hecha la prenda.

Conviene tener claro qué significa que una prenda sea buena. No es que cueste mucho ni que lleve un nombre conocido. Es que cumpla su función, abrigar o refrescar, moverse con el cuerpo y no picar, y que aguante el paso del tiempo sin encoger, destiñir ni deshacerse por las costuras. La fibra decide gran parte de eso. Después cuentan la trama y las costuras, pero sin buena materia prima el resto importa poco.

¿Y cómo se distingue una fibra de otra sin ser experto? Con dos gestos muy sencillos: leer la composición y tocar. Con un poco de práctica, la mano aprende a notar cuándo un tejido tiene cuerpo, esa firmeza propia que hace que no se deforme al estirarlo, y cuándo está flojo y se va a rendir en pocos meses.

Algodón, lana, lino y seda frente a poliéster, acrílico y viscosa

Empecemos por lo que sí merece la pena llevarse a casa. El algodón sigue siendo la base de cualquier armario por una razón simple: deja pasar el sudor, se lava sin problema y se ablanda con cada lavado. Su punto débil es la resistencia, que no es enorme, y cierta tendencia a encoger si se seca con calor. Por eso una camiseta de uso diario puede admitir un porcentaje moderado de poliéster, entre un 20 y un 50 por ciento, que le da vida útil sin anular la transpiración. En camisas y ropa interior, mejor algodón puro.

La lana es la reina del invierno y probablemente la fibra más infravalorada. Abriga sin pesar, apenas se arruga, resiste mucho y, en calidades altas como la merina, no pica y retiene poco el olor, así que se lava menos. Una mezcla con poliéster de hasta un 30 por ciento la hace más dura sin estropearla. Lo que sí conviene evitar es la lana combinada con acrílico: forma más bolitas de las que ya hace por su cuenta.

El lino es el tejido de verano por excelencia. Circula el aire, seca rápido y tiene esa elegancia arrugada que o se acepta o se sufre. Como fibra vegetal, pierde fuerza al mojarse, igual que el algodón, así que no es la mejor opción para prendas que se lavan cada dos días. Y la seda, aunque parezca frágil, es de las fibras más resistentes que existen. Regula la temperatura, fresca en julio y cálida en enero, y tiene una caída que ningún sintético imita del todo. Eso sí, pide lavado a mano y huir del sol directo.

Ahora, lo que conviene mirar con lupa. El poliéster no es el demonio que algunos pintan: es baratísimo, casi indestructible, no se arruga y seca en nada, ideal para un chubasquero o una equipación deportiva. El problema aparece cuando supera la mitad de la composición en una prenda que va pegada a la piel, porque no transpira y convierte cualquier tarde de agosto en una sauna. Lo mismo vale para el acrílico, que imita a la lana a precio de saldo pero tampoco deja respirar y se llena de pelusa. Y el nailon o poliamida, resistente como el hilo de pescar, tiene sentido en calcetines y medias, que sufren roce y peso, pero no en una blusa.

La viscosa merece un párrafo aparte porque engaña. Nace de la celulosa vegetal, así que muchos la toman por natural, pero pasa por un proceso químico intenso. Tiene una caída preciosa y un tacto suave, y por eso abunda en vestidos y blusas de temporada. Su talón de Aquiles es la debilidad en mojado: encoge y se deforma con facilidad, de modo que no compensa en prendas que se laven a menudo. Hay alternativas más modernas, como el lyocell, que se fabrica en circuito cerrado y aguanta mejor.

Con el elastano ocurre algo curioso. Es imprescindible para que un vaquero o una malla se ajusten, pero funciona como un muelle: con el tiempo y con el calor de la secadora pierde el rebote y la prenda se queda dada. Un 2 o un 3 por ciento es suficiente en unos pantalones; porcentajes altos solo tienen sentido en bañadores o ropa muy ceñida.

Más allá de la fibra, hay comprobaciones que se hacen en un minuto delante del espejo. Levantar la pieza hacia una ventana: cuanto menos se transparente, más tupido y resistente será el tejido. Frotar un trozo con la mano para ver si suelta pelusa. Sacudir una costura con cierta fuerza. Mirar el hilo de los botones: si el remate queda por fuera, ese botón va a saltar. Y buscar decoloraciones junto a las costuras, señal de que el tinte no aguantará muchos lavados.

Queda la cuestión del precio. Una prenda cara no garantiza nada, y una barata no siempre es mala, pero una etiqueta que suma un 90 por ciento de sintético a un coste ridículo suele significar exactamente lo que parece. La mejor inversión no es la más cara, sino la que dentro de cinco años sigue en el armario y se sigue poniendo. Para eso solo hace falta dedicar diez segundos a leer lo que ya está escrito.