El mensaje llega a media tarde, confirma que el encuentro será a las ocho y, de repente, un armario lleno de ropa parece no contener nada útil, porque el vestido de las grandes ocasiones resulta exagerado, los vaqueros de diario se quedan cortos y la americana recuerda demasiado a la oficina.
Esa parálisis frente al espejo es más habitual de lo que parece y tiene arreglo, siempre que se parta de una idea sencilla que repiten quienes se dedican a la asesoría de imagen: la ropa elegida debe lograr que quien la lleva esté a gusto y con aplomo, ya que lo que uno se pone influye en la autoestima y, por extensión, en cómo se percibe a sí mismo mientras dura la velada.
A partir de ahí, la elección depende sobre todo del lugar, puesto que no pide igual una cena en el restaurante del momento que un café a media tarde o una caminata entre árboles. Lo aconsejable es quedar en un sitio tranquilo que permita charlar, y vestirse de forma coherente con ese escenario para poder escuchar y pasarlo bien sin estar pendiente del propio aspecto.
Del calzado que es mejor dejar para la segunda cita al vestido comodín para cenar, las pautas de estilo para acertar sin disfrazarse ni salir como quien baja a la calle con el perro
Conviene empezar por lo que resta, porque descartar siempre es más fácil que elegir. Los colores chillones y los estampados muy vistosos de arriba abajo, como un conjunto entero en rosa chicle o un motivo de leopardo que cubra todo el cuerpo, acaparan la atención y no necesariamente en el buen sentido, de modo que funcionan mejor en pequeñas dosis, ya sea en un bolso, en un pañuelo o en unos zapatos que den carácter sin tapar el resto.
Tampoco ayuda irse al extremo contrario. Las mallas, los vaqueros con rotos y la ropa de gimnasio transmiten relajación, pero pocas veces causan buena impresión en un primer encuentro, aunque quien no quiera prescindir de ellos puede compensarlos con una pieza más cuidada, por ejemplo una camisa de botones, una chaqueta entallada o unas botas de caña alta.
Con los pies ocurre algo parecido, ya que los tacones de aguja obligan a pensar en ellos toda la noche y es preferible reservarlos para más adelante. En casi todos los planes bastan unas zapatillas limpias y de diseño sobrio, mientras que si el sitio pide algo más formal resulta más sensato optar por un tacón corto y fino, que permite caminar sin sufrir.
Queda la duda de cuánto enseñar, y para resolverla existe una pauta fácil de recordar que se conoce como la regla del dos de cuatro. Consiste en considerar que hay cuatro zonas que concentran las miradas, que son el pecho, el abdomen, la espalda y las piernas, y en dejar a la vista solo dos al mismo tiempo.
Así, un escote moderado casa bien con las piernas descubiertas, del mismo modo que un top corto con la espalda al aire pide un pantalón largo. Ese juego de proporciones permite resultar atractivo sin caer en el exceso, que suele llamar la atención por los motivos equivocados y puede dejar una primera impresión poco favorable.
Otra recomendación tiene que ver con el trabajo previo, pues un armario en el que casi todas las prendas encajan con el gusto propio, con la forma del cuerpo, con los tonos que sientan bien y con la rutina de cada día ahorra tiempo y disgustos. Por eso, antes que comprar algo a toda prisa, compensa revisar lo que ya se tiene y probárselo la víspera, con calma y con los zapatos puestos, para comprobar que nada aprieta ni se mueve de su sitio.
Eso no impide añadir un guiño de novedad, ya sea un bolso con personalidad, una prenda con algo de transparencia o unas deportivas por estrenar, porque un detalle de temporada aporta frescura y ese punto de seguridad con el que se saluda de otra manera.
En cuanto a combinaciones concretas, hay tres que resuelven casi cualquier plan. Para una cena, salvo que se trate de un local de etiqueta, un vestido sencillo es la opción más versátil, tanto si es liso como estampado, siempre que admita mezclarse con otras piezas sin recargar el resultado.
Si el plan está poco definido y puede acabar igual en una terraza que en un paseo largo, lo prudente es recurrir a los básicos, y el más socorrido es la falda negra, sea recta, con vuelo o de tejido satinado, porque se comporta como un vaquero neutro y admite casi cualquier compañía, además de cambiar de aire con solo sustituir la parte de arriba, desde una camiseta blanca hasta una blusa más vestida.
Para un café, en cambio, basta con unos vaqueros que sienten bien, un top de cuello halter y una cazadora de aviador, un conjunto que aparenta poco esfuerzo y deja que el protagonismo recaiga en la conversación, que al fin y al cabo es para lo que se ha quedado.
Por último, hay unas cuantas precauciones que evitan sustos y que dependen más del sentido común que de la moda, como consultar la previsión del tiempo, llevar una capa de abrigo por si la cita se alarga al aire libre, elegir tejidos que no se arruguen al sentarse y comprobar que el bolso tiene sitio para lo imprescindible. Con todo eso resuelto, la ropa deja de ser una preocupación y la atención puede dedicarse a la persona que está al otro lado de la mesa.
