Son las ocho y diez, el bebé por fin se ha dormido y hay que salir de casa en un cuarto de hora, pero los vaqueros de antes no cierran y la ropa premamá ya queda grande. Ese limbo de armario lo conoce casi cualquier mujer que haya dado a luz, y suele coincidir con la etapa en la que menos minutos quedan para pensar en qué ponerse.
Lo primero que conviene asumir es que el cuerpo ha tardado nueve meses en transformarse y que no va a recolocarse en dos semanas, así que la prisa sobra. Nadie espera una imagen de revista al salir del hospital, y por eso vestirse bien en este periodo pasa por elegir prendas que acompañen la silueta de ahora, que es provisional, en lugar de pelearse con la talla anterior.
Tampoco hace falta renovar el vestuario entero, porque bastan unas pocas piezas bien escogidas y un par de criterios a la hora de combinarlas. Son cinco ideas sencillas, que tienen que ver con el tejido, el corte, los complementos, el color y la prenda que se echa por encima.
Tejidos con caída, patrones rectos, collares largos, tonos oscuros y una americana abierta: cómo vestir tras el parto sin renunciar al estilo ni a la comodidad
La tela manda más que el diseño. Los tejidos vaporosos y ligeros, como la viscosa o el punto fino, bajan rectos desde el hombro y no se pegan al abdomen, mientras que los rígidos o muy elásticos marcan justo lo que se prefiere dejar en segundo plano. Conviene además mirar la etiqueta de lavado, ya que con un recién nacido en brazos las manchas de leche son cosa de todos los días y una blusa que solo admite tintorería acabará olvidada en la percha.
En cuanto al patrón, funcionan mejor las líneas rectas y sin entallar, que dibujan un contorno limpio sin ceñir la cintura. Por la misma razón resulta más práctico vestir en dos piezas que con vestido, de manera que la camiseta o la camisa descanse un poco sobre la cinturilla y suavice la zona de la tripa. Si se da el pecho, además, las camisas abotonadas facilitan mucho las tomas fuera de casa.
Para la mitad inferior, un pantalón con goma en la espalda resuelve esas semanas en las que la talla baila de un mes a otro. Los de pernera recta o algo ancha equilibran el conjunto mejor que los pitillos, y tienen la ventaja de que se podrán seguir usando cuando el cuerpo cambie de nuevo.
Aquí aparece una tentación frecuente, la de comprar una talla menos pensando en el verano que viene. Sale más a cuenta quedarse con la que sienta bien hoy, aunque sean solo dos o tres prendas, porque una costura que tira o un botón a punto de saltar estropean el mejor de los conjuntos y recuerdan a cada rato lo que todavía no ha vuelto.
Los complementos hacen buena parte del trabajo con muy poco esfuerzo. Un collar largo o un fular cuyos extremos cuelguen hasta el vientre crean una línea vertical que alarga el torso, y de paso llevan la mirada hacia la cara. Eso sí, con un bebé que agarra todo lo que tiene a mano es preferible el pañuelo al colgante, o al menos reservar las cadenas finas para los ratos en los que no se le lleva encima.
¿Y el color? Los tonos oscuros afinan la figura, algo que explica por qué el negro o el azul marino resuelven tantas mañanas. Si apetece estampado, las rayas y los dibujos verticales estilizan, en tanto que los horizontales ensanchan a la vista, de ahí que sea mejor aparcarlos una temporada. Quien se aburra de ir de oscuro de arriba abajo puede concentrarlo en el tronco y poner la nota alegre en el bolso o en los zapatos.
La quinta idea es la tercera pieza. Una americana o un cárdigan llevados abiertos sobre una camiseta básica forman dos franjas verticales a ambos lados del cuerpo y difuminan cualquier curva que incomode, aunque debajo solo haya unos vaqueros. Es el recurso más rentable del armario posparto, porque arregla el conjunto al instante y, llegado el caso, tapa una mancha de última hora.
Por abajo, unas zapatillas blancas o unos mocasines aguantan los paseos con el carrito sin restar nada al resultado, y dejan los tacones para cuando vuelvan a apetecer. El bolso, por su parte, crece inevitablemente, así que uno grande y de un solo color hace las veces de bolsa de pañales sin parecerlo.
Como el tiempo escasea, ayuda dejar preparados dos o tres conjuntos completos que ya se sabe que funcionan, colgados juntos, para no tener que decidir con sueño. Un pantalón oscuro, dos camisetas lisas, una camisa fluida y una chaqueta dan para toda la semana si se van alternando con pañuelos distintos, y caben en medio metro de barra.
Queda el espejo, que en estos meses se mira poco y deprisa. Vale la pena dedicarle un minuto antes de salir, de cuerpo entero y con la chaqueta puesta, porque es ahí donde se comprueba si la camiseta cae como debe o si el collar queda demasiado corto, dos detalles que se corrigen en segundos.
Lo demás es cuestión de calendario. La figura irá cambiando con los meses y con algo de ejercicio suave, cuando la matrona o el médico den el visto bueno, y casi todas estas prendas seguirán sirviendo después. Mientras tanto, ir cómoda y reconocerse en el espejo del ascensor ya es bastante victoria para un martes cualquiera.
